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Cuento "Una botella de suero"

Por Nazim Hikmet Ran. Traducción, Paulino Toledo Mansilla.



EI anciano doctor se levantó del asiento abrochándose el delantal blanco, luego apagó su cigarrillo. Corrió a un lado los pliegues de la puerta de la sombría tienda y miró a su alrededor con sus ojos hundidos y de pestañas largas. Afuera, los soldados con el distintivo rojo y blanco en sus brazos se alejaban velozmente transportando unas camillas vacías. Al frente de las enormes tiendas en que flameaban las banderas blancas con la luna roja, los doctores se paseaban de un lado a otro, mientras el ruido de la artillería se reflejaba en lontananza. Aún no terminaba la batalla. Recién salían los vehículos para recoger a los heridos que habían quedado en el campo con el avance de la división... Soltó los pliegues de la puerta de la tienda que sostenía firmemente entre sus manos y se retiró a un rincón. . . Frunció el entrecejo. En su rostro se podían observar las profundas huellas de una inquietud agobiante. Se sentó en una silla plegable que se encontraba a un costado y se tomó el cabello con los largos dedos de sus manos venosas. Luego fijó sus ojos turbios en la cabeza de un cadáver que se encontraba sobre la mesa del frente y que parecía sonreír con sus ojos oscuros y dientes amarillos, y se puso a pensar. Aún no llegaban los heridos. Hoy la espera había sido demasiado larga. Una terrible inquietud le consumía su interior... Y si su hijo hubiese sido herido hoy... Ya, ya, ya... Y si ya no volviese más. Todas sus esperanzas, todo su consuelo era su hijo, y si se muriese su único hijo...


¿Qué haría este desdichado que vivía para su hijo? ... Se moriría él también, también él...

Se le erizó el cabello, se le agrandaron sus ojos y su rostro palideció completamente. Ahora como que le parecía ver a su hijo con el pecho ensangrentado, sus ojos cerrados y los labios morados. Se enderezó y alargó sus brazos hacia esa figura, esa imagen ensangrentada, como si quisiera empujarla... Después dejó caer sus brazos temblorosos hacia un costado.


-¡Uf!... Murmuró, hoy me corroe una cosa fatal... Se levantó y comenzó a caminar dentro de la tienda con pasos ligeros... ¿Quién le había dicho que su hijo había muerto o que estaba herido?... Nadie... Pero una voz, una voz que venía de su interior, le pregonaba en voz alta que un desastre inminente se cernía sobre su cabeza... Se sostenía y apretaba el pecho tratando de ahogar esa voz, esa voz maldita, pero no tenía éxito y de nuevo comenzaba a ahogarse. En ese instante aumentaron los ruidos en la parte de afuera... Traían a los heridos... Quiso avanzar hacia la puerta pero vaciló... ¿Y si ahora lo trajeran sobre una camilla y tuviera que verle su cara pálida?... Pero lo llamaba el cumplimiento del deber, y tenía que salir... Salió... Había unas cuantas camillas que iban y venían y los médicos con sus largos delantales blancos corrían de un lado a otro. ... Se dirigió hacia la tienda del quirófano. . . Entró en ella y con una voz ronca pregunto:


-¿Qué noticias hay? ¿Tenemos heridos de gravedad?


Uno de sus colegas le respondió:


-Casi no tenemos heridos de gravedad. Solamente que la pierna derecha del coronel quedó muy maltratada por una bala de metralla que le abrió una gran herida. Y en ese intertanto debido a que avanzaba la división que iniciaba el ataque, no pudo ser atendido por un largo rato... La herida se ve muy mal y seguramente tendremos que aplicarle suero.

¿Sí?. . . Alá ha tenido piedad de nosotros, porque ustedes saben que la vida de nuestra división va juntamente con la vida de nuestro coronel. Tenemos que aplicarle suero inmediatamente para evitar el peligro del tétano ¿Y dónde está él ahora?


¡En el vendaje!


Estaba por salir hacia la tienda de los vendajes cuando se detuvo súbitamente en la puerta, se puso pálido y se estremeció, luego se arrojó sobre una camilla que llegaba, diciendo: ¡Hijo! ¡Hijo!... Sus amigos lo sujetaron. .. El herido se veía muy grave. Tenía una profunda herida en el pecho. Lo pusieron sobre el linóleo blanco de la mesa de operaciones. El pobre padre, totalmente pálido, con sus labios morados y ojos aterrorizados se frotaba las manos y miraba todo esto desde una esquina. ... Acostaron al herido... Cuando le abrieron la herida el anciano doctor corrió inmediatamente a la mesa... Y con una voz retumbante dijo:


-¡Qué herida más asquerosa, inmunda!... Examinó la herida con sus propias manos. No era tan profunda, no había peligro... Respiró profundamente.. . Sus ojos sonreían... Ahora sólo había un peligro, el tétano... Pero esto también podía evitarse.. . Después de contar con suero... Se dio vuelta de inmediato y le dijo al farmacéutico:


-Ah mi señor, traigan rápidamente dos botellas de suero. Dos botellas, una para mi hijo, la otra para el coronel...


Su interlocutor, un hombre de barba blanca y anteojos, le dijo lentamente:


-Mi señor se le olvida el ataque con bombas que los aviones realizaron el otro día, cuando ardieron los almacenes de medicamentos se dañaron los sueros. .. Y creo que sólo se salvó una botella... Yo le había hablado de esto. Y escribimos a Estambul, hace poco...


Pero él ya no escuchaba explicaciones. Sólo recordaba una botella de suero... Ahora se habían deshecho todas sus esperanzas, ello significaba que su hijo estaba condenado a morir... Había dos heridos que necesitaban suero. .. Pero quedaba sólo una botella. Uno de ellos teniente, el otro coronel... ¡Uno el Comandante del regimiento, el otro un pequeño oficial! Uno de ellos era su propio hijo, el otro el padre de todo un regimiento... Chocaban el sentimiento del deber y el afecto de un padre... Incluso, mientras estuviese allí el coronel, ¿Podrían sus palabras tener validez si dijese "Ponga este suero a mi hijo”?


Sus amigos, todos estupefactos, le miraban a los ojos y así seguían la impronta sangrienta de esta lucha. .. Se enderezó y dirigió su mirada hacia la mesa donde yacía su hijo, se quedó inmóvil, se quedó allí inmóvil por un largo rato... Después, de súbito, con una voz algo trémula, sin esperanza, pero firme dio la siguiente orden:


-Apliquen el suero al coronel... Y se desplomó sobre su hijo...


*****


Durante diez días no se separó de él ni por un instante... Con sus ojos vacíos observó como su hijo se retorcía en medio de un tremendo sufrimiento bajo las garras del tétano ardiente, y cuando quedó sin aliento después del último esténtor, avanzó hacia él. ¡Y lo sacudió una vez!, ¡una vez más, una vez más! Después se le agrandaron los ojos, se le erizaron los cabellos, se le torció la boca y, como soltando una carcajada de amargura, tomó en sus brazos a su hijo, el cuerpo frío y rígido de su hijo. Con una expresión vagabunda, como la de alguien que no sabe lo que va a hacer, se alejó en dirección a las montañas, que hacían ondular sus verdes cumbres extendidas en la vasta lejanía.


*****


Después de esa noche nadie vio nunca más al doctor ni a su hijo.


(Diario Alemdar, 1920)